Fuente: Municipalidad Distrital de Pichari
Roly Auccatoma Tinco
rauccatoma@unah.edu.pe

La etapa de la infancia es añorada por todos, cada instante es único en nuestra vida y nadie podrá robar aquellos tiempos porque siempre serán nuestros; además, constantemente, estamos evocando el pasado, trayéndolo al presente.


Cada lugar del pueblo es bendito, tanto que hemos humanizado los cerros, chacras, ríos, cipreses de la escuelita, las casas, el campo de fulbito, nuestros animales domésticos y los árboles frutales. Cuánto quisiéramos volver a vivir aquellos momentos inolvidables que se convierten en hitos de nuestra vida y están allí para siempre, por ello es imposible negar nuestra historia porque así nos hicimos hombres. Somos pasado o nuestro pasado es aún y está pidiendo a gritos deseando ser recordado; todo ello, el poeta Armando Tejada Gómez, lo había profetizado con su creación La canción de las simples cosas cuando afirmó: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”.


Como olvidar y negar si mi origen es aún, mis pequeñas travesuras en la escuelita N° 38389; como querer borrar de la memoria a mis amigos, pues todos transcurrimos juntos por el tiempo.


Es imposible dejar en el tintero la participación anual en los juegos escolares, los juegos de guerritas con armas elaboradas de ramas donde las bombas eran de guayaba verde (matus), como olvidar los fulbitos en el campo entre los rivales “Hanay vs. Uray”, las zambullidas en el respetado “Verde qocha” que nos encantó para siempre. Ser niño es ser feliz porque nos desborda el asombro, la fantasía y los sueños de grandeza que nos hace más plenos todavía.

Por lo tanto, diremos con nostalgia que nuestro pueblo es y será sagrado para todos, pues allí fuimos intensamente felices, conocimos la plenitud de la vida, nos reímos, lloramos, nos peleamos con nuestros amigos, sentimos la caricia de lo absoluto, nos creímos eternos y lo fuimos, nos enamoramos con un amor tan extremo, tan loco, que sólo podía durar para siempre, ni un día menos que la eternidad. Ese lugar para mí es, exactamente, Machente, así de simple, así de complejo: pase lo que pase, y aun si lo que pasara es lo peor. Ahí estaré feliz por la eternidad.


Fuente: Mapio.net

Por eso, ya es momento de autoafirmarme y poder expresar, a viva voz, que soy del portón del Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), el cual tiene un clima propio de la selva alta, según el geógrafo huanuqueño Javier Pulgar Vidal, quien hizo su tesis Las ocho regiones naturales del Perú; es decir, un lugar ubicado justo al intermedio entre el frío y el calor, que favorece, como armonía eterna, los cultivos de café, palillo, coca, plátano, achiote, etc. Aquí pertenezco y ofrezco mi corazón y libertad para que florezcan los grandes hombres que forjarán y divinizarán al pueblo.

En fin, todos añoramos retornar a la niñez, tal como el hombre más poderoso de la prensa Charles Foster Kane en la película El ciudadano Kane (1941), del norteamericano Orson Welles, quien al morir mencionó la palabra “Rosebud” (capullo de rosa).

Rosebud es el nombre del trineo con el que jugaba Kane de niño, con ello nos afirma que hasta el hombre de poder no era más feliz que en su niñez. Personalmente, confieso que sigo siendo el mismo de ayer, aunque ya no lo soy porque todo ha cambiado. Por ello, hoy digo de buena fe, a toda mi gente, que El futuro nos pertenece, ya que solo autoafirmándonos podemos decir como Heidegger en su Discurso del rectorado: “Todo lo grande está en medio de la tempestad”.

Referencia bibliográfica

Feinmann, J. P. (2011). Siempre nos quedará París: El cine y la condición humana. Diseño de cubierta: Verónica Feinmann. Editor digital: Titivillus. Recuperado de: ePub base r1.2

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *