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El coronavirus remece 500 años de modernidad y da respiro al planeta tierra

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Walter Víctor Castro Aponte

¿Cómo es posible que una insignificante y subestimada partícula biológica 10 mil veces más pequeño que un milímetro (0.1 µ) sea capaz de remecer a una estructura socio-cultural-económica sofisticada de alcance planetario con 500 años de supremacía?


Los albores de la crisis ambiental se remontan al Renacimiento europeo en el siglo XV que da inicio a la sociedad moderna. Posteriormente, se produce la revolución industrial iniciada en Gran Bretaña a principios del siglo XIX que generó un cambio fundamental en la sociedad humana con la aparición de la industria, proceso de transformación económica, social y tecnológica, intensificándose en su sofisticación en la época contemporánea.

¿Cómo es posible que una insignificante y subestimada partícula biológica 10 mil veces más pequeño que un milímetro (0.1 µ) sea capaz de remecer a una estructura socio-cultural-económica sofisticada de 500 años de supremacía? En pleno prólogo del siglo XXI aparece una pandemia provocada por un tipo de virus denominada coronavirus que paraliza a la sociedad humana, que ciertamente cual un agente de la “homeostasis ecológica” frena el insostenible proceso moderno. Si bien el COVID-19 ha causado la muerte de aproximadamente 195,707 personas a nivel mundial al 25 de abril es una de las epidemias más benignas de la historia humana. Pero, ¿Qué condiciona al virus para convertirlo en un agente capaz de hacer tambalear al sistema moderno? El coronavirus ha demostrado que la sociedad moderna es tan sofisticada pero a la vez tan vulnerable. El impacto del coronavirus esta cimentada en no solo la capacidad de mutación genética y de contagio sino, principalmente, en la percepción del riesgo de la sociedad moderna amplificado por los medios de comunicación.


Fuente internet

La esperanza que la sensatez humana se imponga al egoísmo, que nuestro planeta azul mantenga ese respiro


En perspectiva ambiental el coronavirus está haciendo lo que ninguna institución internacional o nacional ha podido hacer por el planeta. Prácticamente ha paralizado el comercio y transporte a nivel planetario. La producción se ha reducido a su estado basal. Al consumidor empedernido sin conciencia ambiental lo ha empujado a encerrarse en su cubil y solo comprar lo estrictamente necesario. Según el Servicio de Vigilancia de la Atmósfera de Copérnico (CAMS), por ejemplo, se evidencia una reducción significativa de los niveles de dióxido de nitrógeno en China. Justamente en este centro de producción global, se dejó de emitir 150 millones de toneladas de CO2 en las últimas semanas. En Lima (Perú), una de las ciudades de mayor contaminación de aire a nivel de América Latina, solo en las primeras dos semanas de cuarentena se dejaron de emitir unas 90 mil toneladas de gases tóxicos. También la contaminación sonora en las urbes se ve aliviada. Ante el repliegue humano, la vida silvestre se manifiesta y la naturaleza se manifiesta por doquier.

Ciertamente, la cuarentena por el COVID-19 está dando un respiro para el planeta, quizá solo efímero. El daño ambiental no se ha detenido, pero no hay vuelta atrás. Tanto la configuración geopolítica, como la vida cotidiana van a cambiar drásticamente. Pero ¿Será perenne o temporal? No queda claro si la sociedad humana a través de sus instituciones de la modernidad será capaz de enrumbase en una modernidad superior, en una especie de “modernidad ecológica” o “renacimiento ecológico” que eventualmente llevaría a una revolución cultural que nos reconcilie con la naturaleza. La esperanza que la sensatez humana se imponga al egoísmo, que nuestro planeta azul mantenga ese respiro que está teniendo en estos días de cuarentena implica cambios en los cimientos del proyecto civilizatorio eurocéntrico globalizado.

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